Editorial | La fatiga crónica del sur

25.09.2020
Lynx Photography
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Es un hecho que la pandemia de la COVID-19 está significando un punto de inflexión de nuestra historia reciente. Y es que, en mayor o menor medida, la realidad de nuestro barrio, comunidad, país y mundo en el que vivimos ha cambiado drásticamente. La esperada vuelta a la "normalidad" parece estar cada vez más lejana y difusa.

A pesar de haber tenido un periodo de confinamiento de 99 días, que se dice pronto, parece que nos hubiese hecho falta un par de semanitas más para terminar de concienciarnos y prepararnos para la que se nos venía encima. Porque, contra lo que muchas personas pensaban, lo peor nos estaba esperando a la salida del Estado de Alarma. Sin entrar a valorar la gestión de la crisis sanitaria que está desarrollando la Administración andaluza, nos daría para unos cuantos artículos, es de vital importancia poner el foco de atención en los efectos sociales que está teniendo la pandemia en una población que históricamente sufre una desprotección absoluta y donde las consecuencias devenidas por esta pandemia solo hacen acentuar la brecha social que esta tierra padece.

Los meses vividos, que tristemente poco han cambiado de este sistema agresivamente capitalista y egoístamente individualista, sí ha servido para poner por delante, aunque solo sea un ratito, la más que necesaria defensa de una sanidad pública y de calidad. Aunque una vez acabados los aplausos de las 20.00 de la tarde el personal sanitario vuelve a la precariedad y a la falta de apoyo más absoluto. Se acabó el ratito. Así como el papel fundamental que juegan a diario profesionales de lo social y que en esta crisis han soportado una gran carga, emocional y laboral, devenida de la falta de recursos y propia minusvaloración hacia este ámbito profesional desde las administraciones públicas. Por no hablar del gran trabajo, muchas veces invisible, que han realizado pequeñas entidades del tercer sector y grupos de personas autogestionadas que han dado respuesta a situaciones donde a la Administración ni se le veía ni se la esperaba.

Por supuesto que tenemos que salir de ésta juntas, sin dejar a nadie atrás. Que no ocurra como con la crisis del 2007, que aún estamos sufriendo. Sí, porque hay cientos de miles de realidades andaluzas que ya estaban en crisis antes de este nefasto 2020. Una fatiga económica, social y cultural que parece ser ya crónica. Según los datos del INE 2020, datos estadísticos correspondientes al año 2017, de los diez barrios más pobres de España, siete son andaluces. Liderando la renta per cápita más baja de todo el país con 5.112€ por persona (Barrio Polígono Sur, Sevilla). Datos que tienen más sentido si vemos la última EPA (Encuesta de Población Activa, 2020), que sitúa a Andalucía con un 21,3% de paro, reflejando que de cada cuatro personas españolas en paro una es andaluza. Provocando todo ello que 3,2 millones de personas, 38.2% de la población andaluza, vivan en riesgo de exclusión social. (EAPN-A).

Ante este panorama, que es para echarse a llorar, entendemos imprescindible generar espacios de diálogo, reflexión y debate, a través de los cuales poder conocer mejor una realidad diversa y llena de dignidad, que parece estar apartada y silenciada en el extrarradio social. Y solo escuchada cuando, por cuestiones que tienen que ver más con el sesgo ideológico y el periodismo amarillo, interesa sacar la foto fija donde se habla de "nuestras vergüenzas".

Cuando se publica a golpe de titular es curioso cómo un hecho noticiable, sea sobre violencia, conflictividad, tráfico de drogas o absentismo escolar de alguna zona determinada, nunca se para a intentar comprender aquello que sucede más allá de esa foto fija que nos venden como la realidad. Por supuesto, para entender algo hay que tener predisposición de ello y quizás eso es lo que falta frente a nuestras realidades. Escucha y empatía para empezar, y, dignidad y respeto para continuar hacia un trabajo que, nada sencillo, se preocupe por concienciar desde una mirada social y crítica. Hablando de los grandes problemas sociales desde su raíz, analizando el contexto social en el que se desarrollan y las posibilidades y/o desigualdades de las personas que se ven afectadas por ellos. Así como, huir de un lenguaje carente de pedagogía y repleto de estereotipos que perpetuar unos roles que estigmatizan y encorsetan aún más nuestra cultura e idiosincrasia.

Ante todo esto nos embarcamos en el reto de comunicar desde una mirada social, generar espacios de reflexión y debate, necesarios en nuestra comunidad, y concienciar desde el conocimiento. Porque el extrarradio necesita ser visibilizado, porque el extrarradio somos todas.


Editorial | Septiembre 2020