Artículo | Urbanismo con perspectiva de género: ciudades que ponen a las personas y al entorno en el centro

17.02.2021

Por Isabel Martín 

Fotografía | Lynx Photography
Fotografía | Lynx Photography

Hace unos meses, mi tita María se tropezó y cayó en el vestíbulo del bloque de viviendas donde vive. Transcurrieron unos veinte minutos hasta que pasó el único vecino que queda y la ayudó a levantarse. El resto de viviendas del edificio son ya apartamentos turísticos o vecinas que no conoce. En Fuengirola una mujer con dos criaturas a su cargo pasa dos horas al día en su vehículo privado para poder realizar todas las tareas cotidianas, a pesar de hacerlas en su propia ciudad. Debajo de mi casa la frutería de Manuela ha cerrado y el bar de tertulia flamenca donde nos encontrábamos los domingos y los miércoles también. Mi gente querida emigró a otras comunidades u otros paises por trabajo y no comparto mi vida diaria con la mayoría de la gente de mi red de apoyo. Yo no puedo pagar la habitación en la que vivo aunque trabajo diez horas al día. Sé que habito una ciudad cuyo aire me enferma en un territorio del sur de Europa muy expuesto a las consecuencias de la crisis climática...

El urbanismo con perspectiva de género incorpora al análisis, diagnóstico y propuesta sobre nuestras ciudades la amplitud de experiencias que se dan en la vida cotidiana.

El urbanismo tradicional, como tantas otras prácticas, se basa en considerar como realidad universal la de un ciudadano estándar que invisibiliza la complejidad de situaciones.

Cuando trabajamos sobre la ciudad que habitamos incorporando la perspectiva de género al urbanismo, ponemos la escucha en la multitud de experiencias que ocurren en la ciudad. El hecho urbano ha respondido tradicionalmente a las necesidades consideradas como universales, a los usos y actividades prioritarias, que invisibilizaban otro montón de realidades. La ciudad ha considerado que éramos todas las personas vecinas un hombre blanco con capacidad económica alta, con capacidad motora autónoma, que se desplazaba del lugar de trabajo a su casa.

El resto de actividades que sostienen la vida como hacer la compra, llevar a las hijas e hijos al colegio, atender los cuidados de seres queridos... no han sido tenidas en cuenta a la hora de proyectar la ciudad. Tampoco las experiencias distintas de la vida cotidiana en función de la edad, la capacidad socio-económica, motora, de origen...

Al considerar los roles de género en el que las personas somos socializadas en nuestra cultura de manera interseccional a otras categorías, hacemos evidente cómo se han priorizado unas experiencias, actividades y usos urbanos en función de la categorización como "importantes o no improtantes" haciéndonos vivir en una ciudad que no es neutral.

La experiencia es valiosa: "el cuerpo como lugar válido para generar saberes. (1) Se debe integrar nuestros propios contextos y circunstancias en el proceso cognitivo". Nuestra experiencia es capaz de generar conocimiento, nuestra historia y la diversidad de miradas y realidades como punto de partida y de la vida que por cultura, territorio, familia...nos ha tocado vivir y que debe ponerse en el centro. 

Para acuerpar esto podemos hacer un ejercicio. En un trayecto habitual en tu día a día, imagina cómo sería esa experiencia si lo hicieses teniendo que empujar un carrito de bebé o llevando de la mano a una criatura de tres años. Imagina que eres una persona mayor, con dificultades en su movilidad o que vas con un carro de la compra. Es bastante posible que concluyas que tu ciudad, tu barrio no ha sido diseñado teniendo en cuenta las realidades de estas personas y considerándolas como importantes.

Añadamos otra capa, en un día de tu semana, si tienes en cuenta las tareas de cuidado que tenemos que hacer, ¿Cómo es tu desplazamiento en la ciudad?Por ejemplo, antes de ir al trabajo dejas a las hijas e hijos en el colegio, vas a trabajar, después recoges del colegio y llevas a los críos a casa de los abuelos y vuelves al trabajo, de camino pasas por la farmacia, después vuelves donde los abuelos y de camino a casa pasais por el supermercado....


Los desplazamientos (2) en la ciduad cuando tenemos en cuenta los cuidados que sostienen la vida se vuelven muy complejos. La ciudad nos tiene que permitir poder hacer todas estas tareas de manera autónoma y sostenible y que nuestro día a día pueda ser sencillo en su complejidad. Que podamos solucionar todas las tareas en nuestra vecindad y nuestro barrio es fundamental.

En el urbanismo con perspectiva de género también tenemos en cuenta la importancia de la comunidad y el concepto de red de afecto y apoyo. Las personas somos juntas, somos interdependientes. Las ciudades deben permitir a las personas vecinas conocerse, tener arraigo, poder vivir en comunidad cuidarse y cuidar. ¿Dónde están nuestras redes de afecto y apoyo? ¿Quiénes son las personas a las que cuidamos y que nos cuidan y dónde están físicamente? Nuestras personas queridas, que nos hacen bien, deben poder estar cerca, en nuestra cotidianidad, de manera próxima y accesible. Poder cuidar y ser cuidadas, nuestras redes de apoyo cotidiano son un indicador fundamental de calidad de vida urbana.

Y por último, las personas somos juntas con el entorno, somos ecodependientes. Las ciudades no pueden seguir depredando el territorio, deben incorporar la naturaleza en su interior y generar una movilidad sostenible. Los materiales que se utilizan, las soluciones arquitectónicas, los modelos de producción inciden en nuestro planeta, que es uno y es finito.

En el contexto de urgencia de cuidados y de crisis climática que se ha evidenciado durante la COVID, lo cotidiano debe llenarse de principios de calidad y calidez que sostengan la vida y la pongan en el centro. Es juntas que transitaremos hacia ciudades donde las personas estén en el centro y donde no nos olvidemos que coexistimos y convivimos en un planeta finito.