Artículo | Revoluciones masculinizadas, violencias invisibilizadas

04.03.2021

Por David Santos Velado

Fotografía | Lynx Photography
Fotografía | Lynx Photography

"La visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla." (Bourdieu, 1996)

"Los hombres que quieren ser feministas no necesitan que se les dé un espacio en el feminismo. Necesitan coger el espacio que tienen en la sociedad y hacerlo feminista". (Kelly Temple)


Gracias a los análisis y las críticas que se han ido realizando desde el feminismo se ha podido entender que la masculinidad hegemónica es uno de los principales productos del patriarcado, ya que son las normas que impone las que hacen que los hombres se reconozcan como iguales y se entiendan entre sí.

Cuando se habla de esta masculinidad y de la manera en la que se construye, resulta casi inevitable centrar la atención en dos elementos que la conforman: la violencia y la agresividad. Si acudimos al Instituto Nacional de Estadística y consultamos los resultados nacionales sobre los delitos de diversa tipología que se cometieron en el año 2019, encontramos que el 89% de condenados por homicidio y por robo con violencia fueron hombres, el 90% de los penados por asesinato fueron hombres, el 85% de los condenados por amenazas fueron hombres, el 94% de los penados por robo con fuerza también fueron hombres, y esto citando solo algunos de los tipos de delitos que comportan elementos violentos en la condena. De las 412.571 personas que fueron condenadas en total por delitos durante el año 2019, 332.039, fueron hombres, es decir, un 80% del total. Con esto no se pretende generalizar, ni dar un mensaje estereotipado que, desde el primer párrafo, desencadene el famoso #notallmen y su discurso de que no todos los hombres son violentos - algo que se acepta más por repetición que por hechos- aunque los datos nos demuestren, como acabamos de ver, que la mayoría de la violencia es masculina.

Para comprender el alcance que tiene este hecho se debe visibilizar el carácter estructural que tiene la violencia, ya que, aunque sea ejercida por hombres, no depende de un individuo en concreto sino que es un comportamiento que forma parte del aprendizaje social de la masculinidad, y que reproducimos de manera (in)consciente. En este sentido, la agresividad y la violencia son elementos a través de los cuales un hombre tiene que demostrarse y reafirmarse o de lo contrario perderá el respeto de sus amigos/conocidos y se convertirá en objeto de burla. Por lo tanto ser un hombre, no es otra cosa que legitimar la violencia, ya sea física o simbólica, y gracias a ella mantener la jerarquía y la dominación desigual dentro del patriarcado. De esta manera, la violencia se convierte en un elemento "bisagra" de la masculinidad que actúa tanto de manera excluyente como integradora; es decir, se configura de tal manera que si no se utiliza el individuo queda excluido del grupo automáticamente y, si este quiere volver a acceder a él, necesita recurrir a ella..

El objetivo principal de este texto es reflexionar sobre cómo este discurso se relaciona con la realidad de las "revoluciones", o mejor dicho, protestas, que se han llevado a cabo de manera reciente - y no tan reciente-. En los últimos días hemos visto como la tensión se ha disparado en Cataluña con la detención de Pablo Hasel, donde se han sucedido seis noches de protestas. Estos son los altercados más recientes, pero si recurrimos a la memoria, sin mucho esfuerzo podremos señalar más ejemplos como el asalto al Capitolio, en Washinton D.C o por poner un ejemplo más alejado, la Primavera Árabe que se dio entre 2010 y 2012, o el 15M, en el "Rodea el Congreso". Elija el lector el acontecimiento que elija, si uno se detiene a pensar en el momento de los disturbios se podrá observar que el momento más álgido de agresividad y violencia estaba protagonizado por hombres. Sé lo que pueden estar pensando, que es algo casual, pero nada dista más de la realidad. Partiendo de diferentes análisis y datos, como los mencionados al principio de este artículo, se puede extraer la reflexión de que este hecho no es casualidad, sino que en gran parte se debe al poder: al gran privilegio que se ha construido socialmente y que nos permite, a los hombres claro está, actuar de la manera que creamos necesaria para conseguir nuestros objetivos.

No obstante, en lo que a esto se refiere, nos encontramos con un hecho muy interesante, y es que la sociedad condena la violencia como un elemento repulsivo, algo que, como un órgano en mal estado, debe ser extirpado para permitir el correcto funcionamiento de la misma. De hecho, estoy convencido de que la gran mayoría de ustedes compartirán este discurso, al igual que lo comparten los medios de comunicación. Siempre que se llevan a cabo este tipo de "protestas" y estalla el momento violento se hace especial hincapié en la idea de que los autores de tal violencia son "un grupo minoritario". Sin embargo, como ya hemos visto, el comportamiento violento tiene un carácter bidireccional en lo que se refiere a la masculinidad ya que es tanto una expresión como una demostración de la misma. Pero si tan claro tenemos estos hechos por separado, ¿por qué no se suele vincular la violencia a la masculinidad? ¿Por qué se analizan como elementos independientes? ¿Por qué no se visibiliza el hecho de que ese "grupo minoritario" en casi todos los momentos está formado por hombres? ¿Por qué no se visibiliza que las personas que, por parte del estado, combaten esa violencia con violencia son también - casi en su totalidad - hombres?

A pesar de que pueda haber muchas respuestas posibles, este artículo pretende centrar la atención en que el hecho de que estos comportamientos estén tan normalizados es lo que nos incapacita a la hora de correlacionar violencia y masculinidad. La normalización de la violencia colectiva conlleva a invisibilizar la masculinidad, lo que es clave para la reproducción continuada del androcentrismo y el patriarcado, y para que, como consecuencia, los hombres sigan ejerciendo el poder. Una de las características que tiene la masculinidad es que todos los hombres la reproducimos en mayor o menor medida y participamos de ella a diario. Está presente en nuestro comportamiento y en nuestras relaciones - ya sea con hombres o con mujeres-, somos socializados bajo sus normas, configura nuestra personalidad y la tenemos tan normalizada e interiorizada que, por norma general, se vuelve invisible y escurridiza cuando queremos definirla o nombrarla. A su vez, es interesante señalar la tendencia a mitificar personajes masculinos como Pablo Hasel en este caso, o como fueron en su momento Kobe o Maradona, incluso personajes internacionales como el Ché Guevara o Gabriel García Márquez. Parece que siempre hay un motivo de peso para ignorar los comportamientos machistas y misóginos de ciertos personajes públicos, impidiéndonos criticar la masculinidad y las actitudes de estos.

Volviendo al tema que nos ocupa, no debemos olvidar que estas "protestas" surgen del descontento de una parte de la sociedad con ciertos hechos - con los que podemos estar más o menos de acuerdo, no es el fin de este artículo realizar juicios de valor- y que es esta parte de la sociedad la que propone un cambio para que el poder se reubique. Llegados a este punto, debemos resaltar que el poder que quieren cambiar o transformar está creado y compuesto por hombres y que aquellos que "lideran" esos cambios son, en su gran mayoría, también hombres. Por ello, lo que se puede extraer de estos hechos es que la manera de entender el poder - y los elementos a través de los cuales se ejerce - es masculina y, además, que este es el único camino para conseguirlo; es decir, el mensaje que estamos transmitiendo/recibiendo es que lo masculino es lo universal y la visión androcéntrica la manera a través de la cual vemos el mundo.

Un ejercicio de comparativa muy interesante es el de confrontar cualquiera de estas "protestas" con protestas de carácter feministas como el 8M - día internacional de la mujer trabajadora- o con cualquiera de las concentraciones que tuvieron lugar por la sentencia de "La manada". Si nos paramos a pensar e intentamos recordar un momento en el que en dichas manifestaciones tuvieran lugar comportamientos agresivos y violentos, cuesta encontrarlos. Pero, si estos movimientos también surgen de un descontento y proponen un cambio, como las protestas de las que venimos hablando hasta el momento, ¿qué está sucediendo? ¿Por qué no hay episodios de violencia en estas protestas? Si reflexionamos veremos que hay dos grandes diferencias entre unas y otras. En primer lugar, ni el 8M ni el resto de concentraciones feministas piden un cambio desde elementos de poder masculinizados, al contrario, critican estos elementos y sus estructuras y, lo que es más, realizan su protesta desde una posición alejada de estos. En segundo lugar, estas segundas protestas que mencionamos no están lideradas ni protagonizadas por hombres, por lo que la masculinidad queda desactivada.

Precisamente por esto último, es de vital importancia que aquellos hombres que, y me incluyo, están intentando trabajar y derribar la masculinidad - y digo derribar y no "crear nuevas masculinidades" porque algo que nos imponen y nos intenta definir no puede ser positivo - alcemos la voz, que seamos nosotros quienes señalemos, critiquemos y desactivemos este tipo de comportamientos. Hasta que no se vincule la violencia, el poder y la masculinidad de manera pública y mientras se siga invisibilizando esta relación, ni avanzaremos, ni tendremos la posibilidad de hacerlo. Debemos entender que es nuestra responsabilidad tomar acción y que no podemos traspasarla ni mirar hacia otro lado. Necesitamos identificar y analizar este tipo de actitudes para criticarlas y hacerlas visibles. En resumen, debemos empezar a vincular este tipo de "revoluciones" con el patriarcado, el androcentrismo, la violencia, la agresividad y con la manera masculina de entender el poder. El problema no solo está en los hombres, sino que radica en en la esclavitud que supone verse definido por la masculinidad que impone el patriarcado y su perpetuación (in)consciente.