Artículo | El origen de la prostitución. Una dicotomia entre la esposa y la ramera

08.10.2020

Por Victory Collins

Fotografía: Alba TG
Fotografía: Alba TG

La prostitución, comúnmente conocida como «la profesión más antigua del mundo», es en realidad una consecuencia directa de la modificación en las relaciones de producción, que conllevó a la regulación sexual de las mujeres, y por tanto, a la subordinación de estas. Conocer y entender entonces, su origen y sus causas, se vuelve un asunto de mayor importancia, en un mundo en donde a la antigüedad de una acción o actividad, se le quita toda connotación artificial para terminar naturalizándola y hacer de su alteración algo inalcanzable. Y es que, según se dice, «lo que siempre ha estado, siempre estará». No obstante, la prostitución como cualquier otro fenómeno cultural, ha sido creada y propagada por los seres humanos. Esta práctica jamás ha formado parte del estado natural de las cosas, sino que más bien, se ha introducido y mantenido dentro de un marco histórico concreto, caracterizado por sus movimientos y transformaciones.

En este artículo hablaremos del cómo y el por qué se originó la prostitución, y de la relación causal que tiene dicha actividad, con la institucionalización del matrimonio monógamo. Buscaremos también, trazar líneas que nos acerquen a comprender cómo el aspecto dimensional entre la figura de la esposa y la ramera fue fundamental en la creación del patriarcado, dando lugar a todo un sistema de símbolos, creencia, pautas y arquetipos que tienen como génesis el nacimiento de dicho régimen.


DEL INTERCAMBIO DE MUJERES A LA FIGURA DE LA ESPOSA

El intercambio de mujeres fue un acontecimiento que se manifestó en muchísimas sociedades tribales al rededor del mundo. Esta transacción será la primera forma de comercio, mediante la cual, las mujeres pasarán a convertirse en mercancía y a ser cosificadas, es decir, ya no serán consideradas como seres humanos, sino como objetos.

Al principio, en las sociedades de cazadores-recolectores (paleolítico y mesolítico), hombres y mujeres se distribuían en clanes o tribus vinculados por sus lazos sanguíneos. En este periodo no existía aún el concepto de «familia nuclear», tal y como la entendemos hoy en día, sino que las relaciones se formaban en base al parentesco. Además, debemos decir que, a partir del mesolítico -fase transitoria al periodo neolítico-, tanto hombres, mujeres y niñas/os, participaban en la producción y el consumo de aquello mismo que generaban. Sin embargo, es en este momento cuando se da la primera división sexual del trabajo, en donde los hombres cazarán los animales grandes, y las mujeres y niñas/os se encargarán de la recolección y la caza menor. Es importante recalcar que esta repartición no estaba asociada con la fuerza o resistencia de hombres y mujeres, sino que únicamente atendían a las diferencias reproductivas, en concreto, a «la capacidad reproductiva femenina de amamantar a los niños y niñas»[1]. Es por ello, por lo que, en aquel contexto específico, esta primera división resultó funcional para la supervivencia de la especie.

En dichas comunidades cazadoras-recolectoras, las relaciones son inestables, desestructuradas e involuntarias. No obstante, con la llegada del neolítico, ese modelo económico y social dará lugar a otro sistema transitivo o intermedio: la sociedad horticultora (alrededor del 7.000 a.NE). En este nuevo sistema económico, las primeras cosechas humanas se caracterizarán por ser inconstantes y por estar sujetas a las variaciones climatológica, por lo que continuarán dependiendo de la caza, la pesca y la recolección como alimentos suplementarios. Durante esta etapa, en la que se mantiene todavía los sistemas matrilineales y matrilocales, la supervivencia de la tribu requerirá del equilibrio demográfico entre hombres y mujeres. Y es que, la vulnerabilidad de estas últimas para el momento del parto hacía que muchas no sobreviviesen a él. Por esa misma razón, los clanes iniciaron la búsqueda de mujeres de otros grupos, quienes luego serían «protegidas» por sus propios secuestradores o por las tribus ganadoras.

Durante este proceso, las mujeres son tratadas como posesiones, ya que se comenzará a reconocer su capacidad reproductiva como un recurso del clan. Si bien, con el surgimiento de las élites hegemónicas, esta capacidad reproductiva dejará de pertenecer a la tribu, para ser adquirida por un grupo de parientes determinados. Y será con el desarrollo de la sociedad agricultora (8.000 a.NE), cuando las nuevas condiciones materiales exigirán «una cohesión del grupo y una continuidad temporal, lo que reforzará la estructura de la unidad doméstica»[2]. Este nuevo sistema económico, basado en la agricultora de arada hizo que mujeres y niñas/os fueran indispensable en el proceso de producción, y dado que los hombres no pueden tener descendencia de forma directa, fueron las mujeres las intercambiadas, y no ellos. Es aquí, cuando podemos ver el nacimiento de la primera propiedad privada, que se da en base a la apropiación del trabajo reproductor de las mujeres.

El usufructo de la capacidad reproductiva de las mujeres produjo también que los hombres comenzaran a buscar formas de asegurar sus bienes y patrimonios privados para sí mismos y sus herederos, lo cual se consiguió con la institucionalización del matrimonio monógamo y patrilocal. Este contrato sexual y reproductivo, se convirtió en una estrategia masculina para garantizar la legitimidad de sus descendientes, y con ello, la sucesión legítima de su legado. Sin embargo, para institucionalizar la familia monógama se requirió de la creación del concepto de «honorabilidad femenina», en donde se utilizó el mito de la virginidad y la pureza, unido con las ideas de fidelidad, obediencia, sumisión, entrega, etc., para sustentar dicha noción. De esta manera, se logra crear un sistema patriarcal que tiene como objetivo controlar y regular la sexualidad de las mujeres en beneficio de los hombres.


LA ESPOSA Y LA RAMERA

En el transcurso de un periodo de mil años (aproximadamente entre el 3.000 a.NE y el 2000 a. NE.), «las mujeres, cuyos servicios sexuales y reproductivos habían quedado cosificados en los intercambios matrimoniales, eran ya vistas como personas totalmente diferentes a los hombres»[3]. Mientras que «el estatus de los varones empezaba a consolidarse y definirse a través de sus relaciones con la propiedad y los medios de producción, la posición de las mujeres tan solo se define a través de sus relaciones sexuales»[4] y reproductivas, lo que conllevará a su vez, a la creación de una división jerarquizada entre mujeres respetables y mujeres no respetables.

Las mujeres respetables eran tanto las solteras vírgenes y prometidas libres -no esclavas-, como las mujeres casadas. Todas ellas son veneradas por salvaguardar su capacidad reproductiva y, por consiguiente, su sexualidad al servicio de un solo hombre. La esposa o potencial esposa, es quien procura los descendientes a su actual o futuro marido, y también, quien queda totalmente recluida en el ámbito doméstico. A estas mujeres se les condenará de la peor forma concebir antes de la unión matrimonial y como cometer adulterio. Mientras tanto, los hombres al no tener capacidad reproductiva no tienen tampoco que responsabilizarse de su conducta sexual, por lo que se les permite el derecho a la libertad carnal, pudiendo en muchos casos mantener relaciones sexuales antes del matrimonio, e incluso fuera de él. De hecho, su condena social y/o judicial era inexistente, o al menos, incomparable con la que sufrían las mujeres. He aquí el artículo 133-135 de las leyes hititas:

«o (...) el adulterio solo existe por parte de la esposa, puesto que ella es propiedad del marido, pero nunca por el lado de este (...) la esposa debe lealtad a su matrimonio, el marido le debe [lealtad] al matrimonio de otro hombre»[5].

Ahora bien, para que los hombres pudieran hacer uso de su libertad sexual fuera del matrimonio o antes de él, era necesario que existiese coetáneamente la figura de la mujer no respetable, una mujer que no sea apreciada tanto por su capacidad reproductiva, sino por su potencial sexual, y que por ende, no tenga que acatar los dictámenes de la honorabilidad mediante la castidad. Dicha mujer, cuya humanidad queda arrebatada para convertirse en un simple objeto sexual de consumo masculino, es según Friedrich Engels, el «complemento» del matrimonio monógamo.

No obstante, cabe preguntarnos, ¿quién estaría dispuesta a ejercer la prostitución en aquellos tiempos? Es probable que la oferta de mujeres disponibles para la prostitución fuese posible debido a dos factores: la esclavización de mujeres, -quienes eran utilizadas como botín de guerra-, y la consolidación y formación de clases. Por un lado, durante el tercer milenio a. NE, las conquistas militares dieron paso a la creación de la esclavitud, y con ello, a los abusos sexuales de las reclutas. En el momento en el que matrimonio monógamo y la esclavitud comenzó a institucionalizarse, los propietarios esclavistas alquilaron a sus esclavas como prostitutas, y algunos montaron burdeles con ellas de personal. La facilidad con la que se podía utilizar a las esclavas para el uso sexual particular, unido con el afán que tenían los monarcas y caudillos de establecer su legitimidad mediante la demostración constante de su riqueza, llevó a la creación de herenes, lugar que terminaría convirtiéndose en un símbolo de poder de aristócratas, burócratas y hombres ricos.

Por otro lado, el segundo factor que propició la oferta de mujeres fue el empobrecimiento de los agricultores y su «progresiva dependencia a los créditos para sobrevivir a los periodos de carestía, que acabaría llevándoles a la esclavitud por deudas». De ahí que pudiera surgir fácilmente la prostitución de las mujeres en beneficio de sus familias, aunque sobre todo, en favor de sus padres o maridos. Dichos sujetos, tenderían a venderlas como esclavas -para terminar seguramente en la prostitución- utilizándolas como fianza de sus deudas, o si no, ellas mismas podían acabar automercantilizándose como última alternativa a la esclavitud. A mediados del segundo milenio, «la prostitución ya estaba firmemente establecida para las hijas de los pobres»[6].

Cuando la regulación de la sexualidad de las mujeres de las clases dominantes queda totalmente establecida, la virginidad de las hijas, se convirtió en un recurso económico para su familia. Y de forma coetánea a esta regulación, se comenzó a ver la prostitución como una necesidad del hombre para satisfacer sus deseos sexuales.


LA LEY DEL VELO EN ORIENTE MEDIO Y EL RECUBRIMIENTO DEL CUERPO FEMENINO EN ESPAÑA

Una vez establecida la división entre mujeres respetables y no respetables, surgió el problema de cómo serían capaces de distinguir los hombres y la sociedad entre unas y otras. En Oriente Medio, esta cuestión se logró resolver con la promulgación del artículo 40 de las leyes mesoasirias:

«Ni las esposas de señores, ni las viudas, ni las asirias que salen a la calle pueden dejar su cabeza al descubierto. Las hijas de un señor (...) deben taparse, sea con un chal, una tela o un manto (...) cuando salgan solas a la calle se han de cubrir con un velo. Una concubina que salga sola a la calle con su señora se de poner un velo también. (...) Una ramera no se puede tapar con un velo; su cabeza ha de estar al descubierto»[7].

El hábito de cubrirse con un velo, se ha practicado en otras muchas sociedades, y ha estado presente durante miles de años hasta nuestros tiempos. En el contexto que estamos tratando, el velo se configura como el símbolo distintivo que sirve para diferenciar a las damas y al resto de las mujeres respetables, de las prostitutas y esclavas. Esto nos demuestra nuevamente cómo lo que distingue a las mujeres son sus actividades sexuales. Tal y como afirma Gerda Lerner (1986), «a las mujeres domésticas, aquellas que sexualmente sirven a un hombre, y están bajo su protección, se las trata como respetables y llevan velo, mientras que las mujeres que no están bajo la protección y el control sexual de un hombre son tratadas como mujeres públicas y por ende, no pueden cubrirse». Para ir más allá, esta misma ley impone un castigo a quienes la infringen:

«(...) quien vea a una ramera que lleva velo puede arrestarla, buscar castigos y conducirla tribunal de palacio; no le podrán quitar las joyas pero aquel que la haya arrestado puede quedarse con sus ropas; la azotarán cincuenta veces con barrotes y le verterán brea sobre la cabeza»[8].

De esta forma, la esposa, la concubina o la hija virgen velada eran reconocibles visualmente por cualquier hombre como mujeres bajo la «protección» de otro hombre por lo que «eran inviolables e invioladas»[9]. Sin embargo, las mujeres que no llevaban velo eran definidas como «desprotegidas» y por tanto, quedan disponibles como un juguete sexual de consumo masculino.

Estas distinciones entre mujeres se practicaron también en España. Particularmente en torno a la Edad Moderna se clasificó a las mujeres en base a su honor, que como ya hemos comentado, estaba ligado a su conducta sexual. «Durante todo el periodo medieval y moderno se promulgaron en toda Europa leyes suntuarias sobre el lujo y el vestido»[10]. Por ejemplo, el pudor hizo que se regulase el escote para las mujeres «respetables» no atrajesen la "atracción inmoral" de los hombres, pues los legisladores y los hombres de la iglesia vincularon el adulterio y las relaciones sexuales antes del matrimonio como consecuencia de la sugerente forma de vestir de estas. Por esa razón, al igual que en las sociedades mesoasirias, las mujeres fueron distinguidas visualmente en función de su respetabilidad:

«... Se prohíbe, que ninguna muger pueda traer jubones que llaman escotados, salvo las mugeres que públicamente ganan con sus cuerpos [Legislación Castellana, 1623][11]».

Tal y como sucede en las sociedades mesoasirias, la subordinación de las mujeres honorables era compensada con la protección masculina respecto a la violencia que podían sufrir de otros hombres, mientras que las mujeres no honorables, es decir, las prostitutas, estaban expuestas a cualquier tipo de agresión.

Como hemos podido ver, en el momento en el que los hombres se dieron cuanta del valor de la capacidad reproductiva de las mujeres, surge mediante el intercambio y la cosificación de estas, la primera propiedad privada. Este mismo hecho dará lugar a la regulación sexual de las mujeres, quienes deberán cumplir con los mandatos de la castidad y la fidelidad absoluta a sus maridos, para la procuración de sus herederos legítimos. A causa de dicho control sexual, se origina la prostitución, la cual se constituye como la otra cara del matrimonio monógamo. Ambas figuras, la de la esposa y la ramera, se alternan en una danza constante que se hace crucial para el mantenimiento del sistema patriarcal. Y es que, a la esposa se le deshumanizará mediante su trabajo reproductor y recaerá en ella el rol de la honorabilidad. Mientras que la prostituta, -víctima también de la cosificación y la mercantilización-, será el escape que tendrá el esposo para desplegar la libertad sexual que no se le permite alcanzar en la monogamia. Ambos prototipos de mujeres han sido creados por el hombre, y es en esta creación en donde queda satisfecho su afán por el control y el poder.

[1] Lerner, G. (1986). La creación del patriarcado (2.a ed.). Iruñea-Pamplona, España: katakrak. p. 81.

[2] Óp.., cit. p.92

[3] Óp.., cit. p. 159.

[4] Ibid.

[5] Óp.., cit. p.187

[6] Óp.., cit. p. 215.

[7] Óp.., cit. p. 217.

[8] Ibid.

[9] Óp.., cit. p.222.

[10] Molina, I. P. (2004, 1 enero). La normativización del cuerpo femenino en la Edad Moderna: el vestido y la virginidad | Pérez Molina | Espacio Tiempo y Forma. Serie IV, Historia Moderna. UNED. Recuperado de https://revistas.uned.es p.105.

[11] Óp., cit. p.107.