Artículo | El arte de ser ilusionista. La droga que nadie ve

18.11.2020

Por Sara Rodriguez

Permítanme hilar en gordo mientras escribo estas palabras. En este contexto donde es necesario usar la terminología correcta, no ofensiva, la que se adapta a la realidad para describirla y no juzgarla o devaluarla, la palabra drogodependiente siempre me pareció la más leal a la realidad (a pesar de su poca sonoridad o belleza).

"Si a una persona drogodependiente le quitas la droga... te sigue quedando una persona DEPENDIENTE". Esto fue de lo primero que aprendí cuando comencé mi recorrido en el mundo de las adicciones y por supuesto mi interpretación de cómo la veo, entiendo y trabajo en este ámbito muchos años después. Y así es, si una persona en un esfuerzo de contención y no de proceso psicopedagógico voluntario, deja de consumir no solo no habrán desaparecido aquellos problemas, anexos problemáticos, vacíos, culpas, estados que ocasiona la adicción, sino que se verán reflejados en otros aspectos de la vida como suelen ser las relaciones dependientes y agónicas, o sustituirlas por otras adicciones (los sustitutivos). Nunca una frase me resulto tan odiosa como "drogadicto mal curao, alcohólico asegurao". No pasa ningún filtro de la terminología correcta, mas no voy a decir que esta frase de andar por casa falte a la verdad de manera flagrante y hoy no vamos a hilar fino.

Le podemos dar la vuelta a la palabra y frase. Si a una persona dependiente le añades droga, pues estamos hablando que existen factores de riesgo importantísimos para completar panel: Drogodependiente. Que no. Que cualquier persona que consuma no es una adicta, ni lo será, pero si tiene problemas con los límites, la entrega, la autoestima, la toma de decisiones y la dependencia y todo lo que ésta lleva a rastras, seguramente tenga más dificultad para tener un consumo responsable.

No solo hay personas Drogo (- y/o +) Dependientes, también existen sociedades. Y efectivamente, estás en una de ellas, o incluso, vamos a decirlo (que ya sabemos cómo hilamos): estás EN ELLA.

Desde que tenemos constancia de la humanidad se conoce que existían sustancias adictivas o que pueden ser clasificadas como droga. Las personas hemos convivido con ellas toda la vida y así seguirá siendo, pero lejos de aprender a tener una relación productiva, positiva y sana (por usos y objetivos) nos hemos aproximado a ese punto autolesivo fronterizo que podría justificar de dos maneras haciendo encaje de bolillos (e hilando en punto del 8). Una buena amiga que conoce las adicciones mejor que una servidora tiene como frase favorita aquélla que dice: "a veces me destruyo para saber que soy yo, y no todos los demás". Quizás por una necesidad y gesto humanista e íntimo que brota en pantano dentro de nosotras/os, ese querer encontrarnos entre tantas historias, adornos, morralla, relleno y veneno. Este hecho casi heroico (puede que contenga tintes folclóricos destructivos de vieja coplera, lo siento) se mezcla con la imagen de un selfie en plena borrasca al filo de un acantilado. Estamos en la sociedad consumista 2.0 que ha venido a enseñarnos que podemos acceder a casi todo, que para ser adicto no hace falta sustancia, que las sombras de nuestros deseos (y no el deseo en sí) pasan por encima de nuestras necesidades (ya ni menciono la de los demás), y que en este triángulo entre el ser, hacer y tener, este último pilota el obtusángulo con mayor grado y así lo quieres no solo para ti, sino para la sociedad en la que vives donde consumir es nuestro eje: nuestro ángulo amplio.

No hemos llegado aquí sin intentar no convivir con las drogas ni la adicción, el problema es que se ha fracasado. Durante mucho tiempo hemos pensado que hemos podido acabar con ellas como si no formara parte intrínseca de nuestras vidas, cultura e incluso evolución (como aquellas destinadas a uso médico - de las cuales por supuesto hemos aprendido a abusar y además en clave de género). O como si fueran uno de los mayores mercados mundiales de dinero, también hemos intentado prohibirlas en pro de la salud (eso dicen). No nos vamos a remontar a la Ley Seca y los tiempos coronados de fotogramas de un tipo llamado Al Capone que tan bien quedan en pantalla, ya que podemos hoy día viajar al cogollo (bello símil) y participar en los debates de la legalización/ilegalización de sustancias cannábicas (Os recomiendo echar un vistazo a UNAD) para poder sentirnos parte activa de la historia en esta línea argumental... o sencillamente mirar (ver, analizar) nuestra nueva normalidad.

Y hablando con ovillo en mano... Qué mal se están portando nuestros/as jóvenes.

No están a la altura. A la altura de unas prohibiciones en pro de la salud (por supuesto) pero que no proponen alternativas de ocio, relaciones sociales e incluso de consumo a un grupo vulnerable que no dispone de recursos para hacerlo de manera segura y normativa, un grupo que no participa en las políticas (incido en sociales) por imposibilidad o distanciamiento, un grupo con no solo deseos sino necesidades de relacionarse en un grupo de iguales, a los/as que no solo se pide la contención más estricta tras mimarlos con ese triángulo obtusángulo del tener, sino al que recurrimos para culpabilizar aunque no se tengan en cuenta... aunque no se den posibilidades.

No entiendan que defiendo macrobotellones ni conductas incívicas, solo que pienso que este sistema consumista frágil está destinado a fracasar con gran sufrimiento (y así lo estamos viendo) si no entendemos que la sociedad debe aprender a ser, hacer y tener de manera responsable y que el prohibir debe ir con un construir: otros caminos, otras formas, cauces... y la visión más clara de este desatino se refleja en los/as jóvenes y un distanciamiento que se refleja en conductas problemáticas e inadaptadas, acompañadas por nuevos Al Capones (2.0) sin escrúpulos, creando fiestas ilegales, espacios peligrosísimos y de nuevo en contraposición otras respuestas punitivas que pueden que no solucionen (aquí he sido fina), aunque seguro que despistan lo suficiente. También resurgirán con más fuerza aquellos pisos para consumir droga (conocidos por los televidentes de Ana Rosa como narcopisos) donde los abusos, violaciones y violencia van de la mano (también es muy molesto y desagradable para las vecinas, como ya conocemos).

Mi fuerte nunca ha sido la prevención de las adicciones, no crean que voy a mencionar cómo gestionar espacios seguros de encuentros para jóvenes, alternativas de actividades, información adaptada en entornos juveniles (aunque brillen por su ausencia), impulso y uso de la cultura para estas franjas (o cómo hacer congas con distancia de 1.5). No tengo ni idea, pero tengo la certeza que sí hay gente que lo sabe y cuya palabra y acciones deberían ser tenidas en cuenta y apoyadas; y por supuesto que hay que hablar con los/as jóvenes sobre cómo relacionarse, tener sexo, compartir e incluso consumir... y hasta puede que escucharlos/as y ofrecer dentro de las posibilidades y, primando la salud colectiva, unas medidas adaptadas.

Dicho esto, a mí siempre se me dio bien la parte más desadaptada, que no es más que la parte excluida. Aquella con una adicción o consumos problemáticos que por falta de consciencia, capacidad o deseo (o camuflado bajo este) no se plantea el abandono del consumo a corto o incluso puede que medio/largo plazo, pero que en este intervalo se puede conseguir una disminución del daño y riesgos asociados al consumo, que permita una mayor calidad de vida a la persona, bienestar propio y conjunto, a través del conocimiento y medidas adaptadas que las posibiliten. Esto se conoce como reducción del daño. Una de las medidas más conocidas de esta metodología es el reparto de jeringuillas y material en los años 90 para el consumo de heroína que disminuía notablemente el contagio de VIH. Ni que decir tiene que no son muy populares ni codiciadas, pero sí muy efectivas aunque se renieguen de ellas (son como una terminología indeseada en su propia definición y concepto) y que, por supuesto, hay otras mucho más sutiles y pedagógicas que se podrían estar aplicando actualmente en esta situación donde al toque de queda, cientos de personas de grandes ciudades despliegan sus cartones sin alternativas habitacionales viables ni dignas posibles.

Sin señalar ni mucho menos, porque formo parte activa de él, incluso lo amo, el movimiento asociativo de adicciones (y sociedad civil en su contexto amplio), tenemos que esforzarnos y adaptarnos a esta nueva realidad con propuestas cercanas, afectivas y efectivas involucrando a la sociedad y llamando a la participación. Las adicciones actualmente (especialmente en la juventud) no es un problema que se resuelva en casa, donde si "el niño o niña" está en silencio y con el móvil, redes sociales u ordenador el problema no existe. Cuidado, porque igual cuando salgan o puedan salir de esa habitación tengan otro problema sin sustancia (que no insustancial) llamada adicción. Entonces, no vayamos a pensar que eso es un problema personal, porque las dependencias por si aún no lo han entendido: nunca lo fueron, menos ahora; y el salir dignamente (no voy a decir reforzados/as, porque ya nos quedamos sin hilo en la madeja más que enrollada) de esta situación, casuística, crisis, momento o como queramos llamar, es responsabilidad política (por supuesto) pero también social. Y sí, efectivamente, tú estás en ella.

Llamadme ilusa, pero no creo que fuera inviable si empezamos por visibilizar en cualquiera de las posiciones. Lo oculto, lo excluido, lo que se aleja, se sale de la norma o normalidad (aunque sea nueva) tiende a llevar a un camino de separación y daño.

Porque aunque no lo reconozcamos, cuanto más dependientes somos, más excluidos estamos, aunque ni siquiera lo noten, aunque nadie lo vea.