Artículo | Cuando la precariedad se viste de voluntariado

10.10.2020

Por Alberto Mejías

Parece que no es suficiente que las y los profesionales del ámbito social carguemos con la mochila de la minusvaloración profesional, la etiqueta de "asistenta social", no hay quién nos la quite, con la falta de oportunidades laborales que venimos sufriendo o la exigencia de años de experiencia para empezar a trabajar. Y aquí se nos presenta una ecuación bastante ardua; si no me das una oportunidad no tendré experiencia y si no tengo experiencia no me contratas, y entonces no podré acceder a un puesto de trabajo para el que me he estado preparando con varios años de formación superior y muchas horas de prácticas curriculares sin remunerar. Y entonces, yo, ¿Para qué he estudiado? Y, sobre todo, ¿Dónde voy a poder empezar a desarrollarme profesionalmente?

No, aquí no acaba la cosa. Hay que sumarle la precarización que se padece dentro del tercer sector. Es muy común encontrar ofertas laborales, publicadas en páginas para la búsqueda de empleo, donde lo que se busca, aparentemente, es una persona que quiera realizar voluntariado. El problema es cuando leemos la descripción de esas ofertas y nos encontramos con que aquéllo de voluntariado tiene poco y de trabajo precario en cubierta mucho. Se concretan funciones y responsabilidades que una persona voluntaria, independientemente de su formación y experiencia, no debería realizar.

Pero, empecemos por el principio. ¿Qué es el voluntariado? Por supuesto, hablamos de una actividad que se realiza de forma desinteresada, llevada a cabo por personas que pueden estar guiadas por valores e inquietudes que tienen que ver con el compromiso, la solidaridad y la acción social, dispuestas a desarrollar tareas que apoyen causas de diverso tipo; independientemente de su formación o experiencia vital y/o profesional, ya que en ningún caso realizarán tareas propias de un puesto profesional.

Esto choca frontalmente con otra realidad, y es que ante la falta de oportunidades y exigencia de experiencia de la que hablábamos anteriormente, muchas personas que han terminado su formación se acercan a entidades para realizar voluntariado con una intención también laboral. Pensando que, además de ser una experiencia vital, puede significar en un futuro una posibilidad laboral al conocer la entidad, colectivo de atención y, por supuesto, haber podido demostrar ciertas aptitudes. Esto es totalmente lícito y en ningún caso es lo que provoca esa precariedad de la que venimos hablando ya que son las propias entidades quienes tienen que saber gestionar la diferencia de actividades y funciones que realiza su voluntariado y el personal técnico. Porque el problema viene, en muchos casos, cuando confundimos la voluntariedad de una persona, que puede ser mucha y estar dispuesta a involucrarse e invertir una gran cantidad de tiempo y esfuerzo en una entidad, con el desempeño de esta.


Llegados a este punto podemos entender que el voluntariado nunca puede ser la mano de obra "barata" que sustituya a profesionales. De un lado, favorece la intrusión y el desprestigio laboral. Por otro, vulneramos la dignidad de las personas beneficiarias que esperan ser atendidas por una persona con los conocimientos y las habilidades necesarias para intervenir. Por supuesto, no le podemos pedir a quien acaba de terminar su formación y está deseando entrar en el mundo laboral que rechace ciertas ofertas por su precariedad o que no haga más de lo que le corresponde dentro de un voluntariado o prácticas curriculares. Porque en esas circunstancias, nuestras ilusiones por desarrollarnos y demostrar nuestra valía tapa toda objetividad. Por ello, son aquellas personas que ya cuentan con cierta experiencia laboral y han afianzado su rol profesional, interviniendo y participando en la gestión de entidades, quienes no deberían permitir estas prácticas y poner en valor nuestra propia profesión.

Abordando esta realidad debemos tener en cuenta todas las partes que entran en juego, y es importante conocer también la realidad en la vida diaria de cualquier entidad social. Donde hablamos de una total supervivencia, mes a mes, ante la falta de apoyos de las Administraciones Públicas que asfixian a las pequeñas y medianas entidades entre recortes presupuestarios y/o eliminación directa de subvenciones que provocan una imposibilidad total para mantener equipos técnicos con una cierta estabilidad. De hecho, es muy común encontrar equipos formados por profesionales que llevan años a media jornada ante la falta de recursos. Y donde, en muchas ocasiones, la actividad del voluntariado y el desempeño desinteresado de quienes forman la asociación u ONG es lo que permite que siga funcionando y no se eche el cierre a la entidad. Situación que en ningún caso es justificativa para aprovecharse del voluntariado o alumnado en prácticas, así como no tener en las condiciones laborales que le corresponde al personal técnico.


La cuestión clave es que si abanderamos causas sociales y luchamos por una sociedad justa e igualitaria debemos de empezar por preocuparnos de nuestras propias compañeras y dejar a un lado los discursos, casi siempre desde una perspectiva absurda de superioridad intelectual e ideológica, sobre el compromiso y la necesidad de arrimar el hombro. Porque es tremendamente egoísta y excluyente.

Las Administraciones Públicas son las que deben dar respuesta ante ciertos problemas sociales, y si esta no los da habrá que hacérselo saber. El problema viene cuando asumimos y reproducimos la precarización de nuestro propio equipo, antes que ser honestas con nuestro discurso profesional. Quizás si más de una entidad cerrase una mañana su recurso y, junto con personal técnico, voluntariado y personas beneficiarias, se fueran a la puerta de la Delegación pertinente a reclamar la dichosa subvención de un proyecto del año anterior, que aún no les han pagado pero que ellas sí han ejecutado, con todo lo que ello implica, otro panorama tendríamos.

Es de vital importancia defender y dar cabida a la figura del voluntariado social dentro de las entidades, ya que es una parte fundamental que ayudará a alcanzar su misión. La esencia del voluntariado es, precisamente, esa sinergia que se crea entre una ONG y la comunidad que la rodea y que quiere ser partícipe, dentro de sus posibilidades, del cambio social que ésta pretende.