Artículo | COVID y residencias de mayores, perspectiva desde dentro

29.10.2020

Por Laura Orge

Fotografía | Lynx photography
Fotografía | Lynx photography

Últimamente me alegro mucho de no consumir información a diario de los medios de comunicación. Y lo sé por lo que mis compañeras de trabajo comentan en los descansos. Se habla mucho sobre las residencias (o eso parece). Ahora a la sociedad española les importa mucho el cómo se encuentran nuestros jubilados y mayores en las residencias (algo que me parece realmente bueno). El problema es, a mí parecer, cómo esas noticias e información se presentan (sensacionalismo y morbo), mucha desinformación y prejuicios sobre las personas mayores, como si todas las personas tuvieran las mismas necesidades y/o dolencias. Como es un trabajo en el que estás en contacto diario con la muerte, con un gasto emocional y físico importante, es necesario no sobrecargarte de (mala y/o superficial) información, la cual te lleva a la desinformación inconsciente. Nunca irías sin dormir bien a diario a tu trabajo (o no se debería, vaya). Las educadoras (hablo en femenino porque somos la mayoría mujeres) necesitamos descansar física y mentalmente para poder desarrollar bien nuestro trabajo por lo que sí, definitivamente me alegro de no ver la TV.

Soy educadora social y técnica de igualdad de formación, técnica de animación sociocultural de profesión en una residencia privada de España y os vengo a contar qué pasa en ella desde que vivimos una época de pandemia mundial. Y digo en ella porque NO es extrapolable lo que yo vivo en mi día a día a todas las residencias de España. Ni siquiera a mí misma residencia hace 4 meses o dentro de 1 mes. Cada semana prácticamente cambiamos de instrucciones y protocolos. Hoy se puede visitar (un familiar por residente una vez a la semana 45 min sin tocarte), mañana aparece una persona con síntomas y se cierra la residencia a visitas. No hay nada que te coloque en el ahora y vivir el presente que una pandemia mundial. No puedes anticipar ni una semana, programar o proyectar es una ilusión del pasado.

Mi trabajo tiene como objetivo entretener a las personas mayores, que su estancia sea amena, vaya. Además, trabajo las habilidades cognitivas que estas personas pueden ir perdiendo con la edad o el desuso de dichas habilidades (atención, memoria, concentración, lenguaje, razonamiento...) con talleres, juegos, dinámicas, música... Es un trabajo bonito y enriquecedor. Aprendo y desaprendo mucho a diario. Trabajo mi paciencia, tolerancia y compasión (cada vez que respondo a la misma pregunta varias veces en una hora o cuándo vuelcan su frustración por no poder hacer algo que antes podían hacer.)

En estos momentos, es cuando más se refleja la vulnerabilidad de las personas, en este caso, el mayor grado, no sólo por las patologías físicas previas, sino porque son los que más sufren las consecuencias de un rebrote (como ahora mismo sucede en muchas zonas de España). Son los q ellos y ellas quienes dejan de recibir visitas de sus familiares (con todo el aislamiento familiar y comunitario que conlleva) y dejan de poder salir de su planta (o, si sale algún positivo, de su propia habitación). Las consecuencias en la salud mental son brutales, los que tienen enfermedades como Alzheimer, se ven muy avanzados los deterioros cognitivos. Los que tienen demencias de menor grado, sufren apatía, desmotivación e incluso depresión, que ya son en sí mismas síntomas de dichas demencias, pero que se ven acentuadas con el aislamiento. No ver a tu familia significa que no te toquen en semanas, no recibir afecto físico de alguien que te quiere o que te echa de menos. Las gerocultoras pueden hacer algún gesto de cariño, pero obviamente no es lo mismo. Estamos ante la limitación de afecto más devastadora para el ánimo y motivación que podamos imaginarnos. Que de una semana para otra desaprendan a coger una chuchara para comer o que dejen de hablar con coherencia, es algunas de las consecuencias de dichos aislamientos continuados.

Es muy compleja la cantidad de cosas que están pasando con respecto a la salud mental no sólo de las personas residentes sino de las familias y propias trabajadoras. En primer lugar, las familias (en su mayoría) respetan las decisiones de la dirección de la residencia (la cual suele acatar directivas de coordinación territorial y protocolos que dictan las administraciones.) Algunas familias "pelean" y se quejan de no poder ver a sus mayores y algunas otras, se quejan de que no se debería abrir aún las puertas de la residencia por peligro de contagio de sus mayores. Las dos partes tienen sus razones totalmente lógicas y respetables. Nietos/as, hijos/as, sobrios/as y demás familiares somos (me incluyo porque yo también tengo abuelos), egoístas cuando queremos verlos, aunque pongamos en riesgo su salud, pero también lo somos cuando primamos más su salud física que su salud mental, hecho que los desmotiva a seguir aguantando dolores y enfermedades que pueden tener: "Recuperarme, ¿para qué?". Es desalentador.

Hoy he leído en el registro de incidencias que una mujer le ha dicho a una enfermera que "si no me dejáis salir de aquí en Navidad, me suicidaré". ¿Cómo explicarle que no podemos asegurarle que podrá salir y moverse de CCAA para estar con su sobrino? No lo entiende, muchos no entienden (o/ni se creen) que haya una gripe mundial.

El sistema capitalista que se basa en el sistema de cuidados que recae en las familias (mujeres cuidadoras, en su mayoría) y en las instituciones privadas (las cuales sólo buscan tener el mayor beneficio económico dando un servicio aceptable, a mi parecer), está reflejando en estos momentos, el sinsentido que es alejar a los mayores de su comunidad, de su familia y de su entorno próximo. No culpo (ni nunca lo haré) a esas familias que no pueden vivir para los cuidados de una persona 24 horas dependiente que necesita de unos cuidados sanitarios. Me refiero al sistema en el que las personas mayores dejan de ser útiles para esta sociedad, receptores de servicios, pasivos, alejados de su entorno, infantilizándolos con puzzles y dibujos infantiles, cuando muchas podrían seguir participando de forma activa en su comunidad (hortocultura, cuidado de plantas, talleres de traspaso de conocimiento intergeneracional...). Estamos tan individualizados y somos tan esclavos del mercado económico tan precarizado y tan poco conciliador con la vida y los aspectos familiares, que tenemos que vivir para trabajar y no trabajar para vivir.

Familias que tienen que optar por pagar 2400 euros al mes en una residencia privada, ya que no pueden compaginar su trabajo con los cuidados de estas personas (que pueden desorientarse y perderse, caerse, comerse algo no comestible...) ya que las residencias públicas están desbordadas y cuando te dan la plaza (si la consigues), puede que tu familiar ya haya fallecido. Un sistema de bienestar desmantelado que te conduce hacia una empresa privada o hacia dejar todas tus ocupaciones (profesionales y de cuidados de otras personas, animales, tierra, trabajos reproductivos, ocio...) para cuidar de una persona que depende de ti las 24 horas del día y la cual no tienes la formación sociosanitaria para poder cuidarla. Cuando finalmente optan por la residencia privada cargan (sobre todo las mujeres) con un sentimiento de culpa y de haber abandonado a sus mayores, haciendo que su felicidad y estado de ánimo de vea mermado meses o años de su vida.

La presión que tienen los trabajadores tampoco es poca: meses con turnos con apenas un día de descanso, mucho miedo de no cumplir los protocolos al máximo, presión de no contagiarse de los positivos de COVID, contacto con personas con desánimo y desmotivación, miedo a llevar ellas el COVID al trabajo (con todo el sentimiento de culpa que eso conlleva) y, algo de lo que me gustaría hablar, la línea desdibujada que limita tu trabajo de tu vida personal. Desde hace unos años, se sabe que no se puede preguntar en una entrevista de trabajo si tienes pareja o si tienes pensado tener hijos o si los tienes. A mí me preguntaron si tengo coche (para no venir en bus a trabajar), con cuántos compañeros de piso vivo, se me juzga si me muevo de provincia para disfrutar de mis (necesarias) vacaciones, si voy a la peluquería (se cuestiona si es necesario o no) o si debo aplazar una consulta en el ortodoncista ("el equipo técnico debe dar ejemplo"). Esta situación hace que se normalice algo tan ilegal como preguntarle a un empleado dónde está en el momento que se le llama para informarle de que su PCR es negativo. Estamos ante una pérdida del derecho a la intimidad impactante siendo el siglo XXI y en un país del norte global, pero nada sorprende ante el resto de condiciones precarias que nos encontramos en los puestos de trabajo hoy en día (como que mi sueldo neto no llega a los 1000 euros trabajando 40 horas semanales, teniendo formación superior de Máster).

Con todo esto, seguimos trabajando para que las personas receptoras de los servicios (que son los que sufren las consecuencias de todo lo anterior mencionado) reciban los mejores cuidados y la mejor atención sociosanitaria posible, pero que nunca se igualará a poder convivir con los suyos, vivir en la casa en la que han vivido toda tu vida y tener su entorno lo más cerca posible.

Mientras, las residencias privadas siguen (y seguirán) recibiendo dinero de las administraciones para abarcar a las personas que el Sistema de Bienestar no puede llegar con sus servicios, los cuales tendrían que ser públicos, de manera que se preservase la primordialidad de dicho bienestar de nuestros mayores, no el beneficio económico de unos cuantos.