Artículo | Bullying: desde los ojos del agresor

28.01.2021

Por Laura García

Fotografía | Lynx Photography
Fotografía | Lynx Photography


El bullying es un problema social que sufren muchísimos menores diariamente y, sin embargo, pasa desapercibido para la gran mayoría de personas. Quizás, una de las razones de que esto ocurra es que seguimos sin abordar el problema de manera íntegra, lo que quiero decir es, ¿conocemos la raíz del comportamiento del agresor? ¿Se le ofrece al profesorado las herramientas necesarias para abordarlo y/o entenderlo?, ¿o solo nos quedamos en la punta del iceberg?

Recuerdo la primera vez que profundicé profesionalmente en el bullying, fue en el grado de Trabajo Social, la mayoría de teorías se basaban en victimizar a la persona agredida y, sobre todo, en el tratamiento y la terapia de la misma. Sin profundizar mucho en el enfoque víctima-agresor, he de decir, que la perspectiva que despertó un mayor interés en mí, fue estudiar el bullying centrándonos también en el agresor y es que, cuando vemos una noticia de esta variedad en las noticias, ¿quiénes de ustedes piensa en el agresor de manera empática y/o asertiva? ¿quién se pregunta por qué ese niño o niña está agrediendo a un igual? ¿será que el agresor necesita también la ayuda de profesionales?

Antes de indagar teóricamente en este problema, yo también pensaba como la mayoría de la sociedad piensa, "que malo tiene que ser para hacerle eso a su compañero", pero, después de adentrarme en el mundo del bullying, descubrí, que quien agrede, por lo general, es al mismo tiempo quien más problemáticas sociales y/o familiares sufre y que, por ello, necesitan "esconderse" bajo el manto de la agresividad.

"La violencia ejercida sobre las personas o estudiantes en el ámbito educativo, conlleva muchas consecuencias tales como la desconfianza en sí misma, la baja autoestima, está involucrada tanto en el agredido como en el agresor, ya que un agresor logra sentirse mucho mejor humillando a otros, ya sea basándose en la fuerza bruta o mediante la intimidación psicológica". (Rodríguez, 1997)

El menor agresor, sea niño o niña, se caracteriza por su comportamiento violento y hostil hacia los demás (a veces, incluso con adultos). Normalmente, son personas impulsivas y con afán de liderazgo; un rasgo característico es que se muestran apáticos hacia el resto de sus iguales; jóvenes que se describen positivamente, pero, que realmente esconden baja autoestima.

Dan Olweus, fue una de las figuras más destacadas en plantear los posibles motivos de porqué se producía este tipo de violencia. En 1998, plantea una serie de motivos basados en sus investigaciones. Éstos podrían ser, la necesidad de "control" y "dominación" que tienen las personas que llevan a cabo agresiones; así como la historia familiar del menor, puesto que, si se han desarrollado bajo un entorno hostil, esto podría conducir a sentir satisfacción haciendo sufrir a otros, este segundo, lo considero el más importante, debido a que gran parte de nuestra personalidad queda condicionada a la socialización de los factores externos que recibimos (familia, escuela y grupo de iguales).

Entonces, si conocemos de antemano que, normalmente, quien agrede es una persona insegura y ansiosa, ¿por qué basamos todo el discurso en el menor agredido y obviamos el resto del problema? Déjenme decir, que la perspectiva víctima-agresor está mal enfocada, pues al centrarnos solo en la persona agredida, nos olvidamos de la persona que agrede. Además, al victimizar, encasillamos al agredido en un rol de debilidad que condiciona a esa persona a gestionar la situación y sus emociones en torno a ese papel. Con esto, no quiero decir que se deba quitar atención al agredido, sino que deberíamos cambiar la perspectiva con la que abordamos la problemática. Asimismo, al encasillar al agresor como una persona apática y sin capacidad de cambio, perpetuamos en nuestra sociedad este tipo de comportamientos, naturalizándolos en las nuevas generaciones y haciendo que el problema, en vez de mejorar, perdure y se arraigue a nuestro día a día, en nuestra cultura; y es que, si es un tema que sigue estando a la orden del día, ¿por qué no se habla de ello? ¿Por qué no se imparten talleres de concienciación y prevención en las escuelas? No podría contar las veces que he escuchado "eso son cosas de niños" como respuesta de una persona profesional frente a un episodio de bullying. No, no es cosa de niños humillar al resto, no es cosa de niños agredir al resto, y, sobre todo, no es cosa de niños naturalizar esas situaciones. Eso, más bien, es cosa de nosotras, las personas adultas.

Se debe empezar a luchar contra el bullying desde otra perspectiva, una, que incluya de manera igualitaria los roles agresor/agredido; una, que estudie la raíz del comportamiento del agresor y que empodere al agredido para posibles nuevos encuentros con personas del mismo perfil; una, que incluya un estudio exhaustivo y una intervención, si así se requiere, de la socialización completa del menor (familia, escuela y relaciones entre iguales), una intervención que recoja las posibles debilidades de ambos perfiles y que ofrezca herramientas para convertirlas en fortalezas.

Como profesionales, debemos actuar desde los hogares y las escuelas, con una educación basada en la inteligencia emocional y la inclusión. Porque es ahí, en nuestra socialización, donde aprendemos conceptos como el odio, el rechazo o el miedo a lo diferente. Las emociones son el pilar fundamental de nuestro día a día, somos seres sociales y necesitamos relacionarnos con el resto para vivir, así pues, no logro entender como no educamos emocionalmente, como a nadie parece importarle que los menores no sepan gestionar la ira o el odio mientras sepan sumar, restar y leer. Debemos enseñarles a los más jóvenes que existe el miedo, la ira y la tristeza, pero con unas buenas herramientas para gestionarlas. Debemos de dejar de obviar que nos movemos por lo que sentimos, debemos dejar a un lado el erróneo pensamiento de que expresar las emociones te hace débil.

Si queremos construir un mundo mejor, debemos empezar a educar mejor, debemos dejar de echar balones fuera o pasarnos la patata caliente entre unos y otros. Debemos incluir guías contra el bullying y planes de estudios que incluyan las emociones. Y es que, como bien me dijo Cosette Franco: "la educación es de todos y todas y está en nuestras manos"

Estoy completamente segura, que la mayoría de nosotras ha vivido o, al menos, ha conocido alguna situación de bullying. Esto, me hace plantearme, como un problema de tan gran alcance como es este, no sea el punto de mira en los centros de educación, pero, no lo es. Hace ya unos años, presencié durante más de un año, una situación de bullying en mi instituto y pude presenciar como muchos de mis profesores obviaban dichas situaciones. Con ello, quiero decir que la raíz del problema está en nosotras/os, en los que,como algunos de mis profesores, se ríen ante este tipo de situaciones o no lo consideran un problema grave a solucionar; en los que hacemos caso omiso cuando vemos algo de esta tipología, ya sea como profesional o como compañero/a de clase.

Además, al igual que todos los problemas sociales, éste también evoluciona al ritmo que evoluciona la sociedad, lo que nos obliga a estar en un constante aprendizaje, en un incesante proceso de evolución, como, por ejemplo, las nuevas formas de bullying del siglo XXI: el ciberbullying. Éste se lleva a cabo a través de las redes sociales y es igual, o incluso más peligroso que el clásico ya que es más difícil de percibir.

Para concluir, añadiría que, basta de obviar el problema en las entidades públicas, basta de criminalizar al agresor y victimizar al agredido y, comencemos a trabajar bajo una buena teoría que recoja la problemática en su totalidad. Empecemos por profundizar en la inteligencia emocional desde casa y desde las escuelas, por empoderar a quienes sufren la agresión y entender a quien la llevan a cabo. Empecemos por ver más allá de la punta del iceberg.

Sierra Varón, C. A. (2010). Violencia escolar. Dialnet, Vol. 6, N.º 10. Recuperado el 14 de enero de 2021, de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4784582